Un regalo para Moomak (Un cuento para antes de dormir de José María Espinar)

UN REGALO PARA MOOMAK

Mamá elefante no conseguía conciliar el sueño. Sus ojos se cerraban pero su pensamiento se abría. Sus ojos se abrían pero su pensamiento se cerraba. Al final, tras dar mil vueltas en la cama de hierba seca, decidió pasear un poco y llegar hasta la charca de los hipopótamos. Allí el agua reflejaba las estrellas como si fueran semillas de luz. Necesitaba meditar. Además, algo de ejercicio no le vendría mal.

Horas antes, justo después del beso de buenas noches, su hijo Moomak, le había pedido como regalo de cumpleaños unos zapatitos. “¡Pero si los elefantes no usamos zapatos!”, le contestó ella asombrada. “Mamá, ¡me haría tanta ilusión!”, gritó el pequeño barritando con la trompa. “¿Estás seguro de que es esto lo que quieres por tu cumpleaños?”. “¡Sí!”, exclamó Moomak con una sonrisa de oreja a oreja.

Mamá elefante pensaba y repensaba a la orilla de la charca en cómo no defraudar a su hijo cuando Karlok, el viejo cocodrilo, pasó por allí con su lento caminar de lado a lado. Las cebras decían de él en tono burlón que, a poco que soplara una pizca de viento, se daría la vuelta. “Buenas noches, anciano”, saludó mamá elefante respetuosamente. “Buenas noches, ¿qué haces tú despierta a estas horas”, contestó el cocodrilo muy despacio, pues tenía más de cien años y ya no le quedaba ni un solo diente. ¡Perdón, me equivoqué!, sí le quedaba un diente, pero negro y hueco como una cueva. “Verás, tengo un problema. Mi hijito quiere unos zapatos y no conozco a  nadie en la sabana que pueda fabricarlos”, le confesó ella sin disimular su inquietud. Karlok la escuchó clavando su mirada en el cielo. Quedó pensativo unos momentos, masticando aire con las mandíbulas, con el resto del cuerpo inmóvil. “Ya lo tengo”, afirmó abriendo bien sus fauces y sacudiendo su cola. “Tienes que ir a hablar con Mesabúa, el chimpancé. Dile que vas de mi parte. Me debe un par de favores. Los de su especie saben usar sus manos. Él te ayudará”. “Gracias, Karlok, ¿puedo hacer algo por ti?”, preguntó mamá elefante. “Dame un empujoncito anda, por favor, y así me ayudas a meterme en el agua. Mis músculos ya apenas me obedecen. Lo único bueno que tiene la vejez son los recuerdos y la experiencia. Los recuerdos de una vida plena y la experiencia para que otros tengan una vida plena. La vejez está para ayudar y ser ayudado”, sentenció el anciano. Sus ojos cansados brillaban un poquito. Mamá elefante cogió a Karlok con la trompa y lo colocó con suavidad en la charca. El cocodrilo se sumergió dejando un rastro de burbujas de aire que imitaban a las notas musicales de un pentagrama. La madre de Moomak posó su mirada en la superficie, vio cómo su reflejo líquido aparecía de entre los rizos del agua, sonrió y regresó a casa más tranquila. Dormir algo, aunque sea muy poquito, siempre resulta aconsejable.

A la mañana siguiente, bien temprano, después de haberle encargado a papá elefante que se hiciera cargo del pequeño Moomak (había que prepararle el desayuno y llevarlo luego al colegio), se encaminó hacia el monte de los monos para pedirles ayuda. No le costó mucho encontrar a Mesabúa. La fama de sus inventos le precedía. Suyo era el mérito de la pajita para hurgar en los termiteros, suya fue la genialidad de usar la palma de la mano como cuenco para beber. Él había creado el primer paraguas con hojas de platanera para los días de lluvia. ¡Era toda una institución entre los primates! Mamá elefante lo encontró trabajando en su taller. Se presentó y le contó el problema que tenía. El chimpancé la escuchó sin interrumpirla, sin interrumpir su labor de ahuecar un hueso largo y blanco. El hecho de venir recomendada por Karlok ayudó mucho (Mesabúa no sabía nadar y el viejo cocodrilo le había ayudado a cruzar el río siempre que lo había necesitado). Cuando mamá elefante concluyó su narración el inventor dijo: “yo podría hacerte unos zapatitos preciosos, sin duda. Pero necesito que me traigas la corteza de un baobab, mil plumas pájaro y una bola de ámbar de acacia. Eso sí, a cambio de mi talento, tendrás que pagarme el trabajo enseñándome los secretos de vuestra buena memoria. Quiero tener memoria de elefante”. “No hay secretos, apreciado Mesabúa, sólo una cabeza grande. Te pagaré con lo que pueda, pero eso que me pides no está a mi alcance. Es como si yo te pidiera que me enseñaras a manejar las manos. Nadie puede ser lo que no es”, argumentó ella de una manera tan sincera que conmovió al chimpancé. “Está bien, entonces lo que haremos es que, de hoy en adelante, yo te diré lo que no quiero olvidar y tú me lo recordarás cuando yo te lo pida, ¿de acuerdo? Nadie puede ser lo que no es, pero todos podemos ser mejor de lo que somos ayudándonos unos a otros”, propuso Mesabúa. “Dalo por hecho”, exclamó mamá elefante feliz por haber llegado a un acuerdo. Así que, tomando nota en su cabeza grande de lo que necesitaba, se dispuso a buscar los materiales que el inventor le había pedido.

De vuelta a casa se cruzó con don Rino, un rinoceronte amigo de la niñez y compañero de travesuras. Algo bruto, pero con un corazón de rocío, don Rino y ella habían compartido una maravillosa infancia, con sus aventuras y sus travesuras, con sus castigos y enfados, amores y desamores. Le narró su problema y don Rino detuvo el paso en seco, sopló al suelo provocando una tormenta de polvo y sonrió. “Mamá elefante, no te preocupes por la corteza del baobab. Yo me afilo el cuerno en ese árbol todos los días. ¡Mira que punta tiene! ¡Hasta el Kilimanjaro me imita, ja,ja,ja! Conozco un baobab al que podría quitarle la corteza sin problema. Dame un día. Mañana nos vemos en el monte de los monos”. “Oh, amigo, muchas gracias. ¿Puedo hacer algo por ti?”, contestó la elefante feliz. “Querida, todo lo has hecho ya. Es un placer ayudar a alguien como tú. Nos une el pasado con la fuerza de los recuerdos agradables”.

Y mamá elefante continuó su camino de regreso sintiéndose más ligera por el peso de la amistad, hasta que se cruzó con la señora Gacel, la  jefa de las gacelas. Estaba muy enfadada. Su hocico echaba humo y su pequeña cola se movía a la velocidad del relámpago. Aunque no podía afirmarse que las uniera una estrecha relación sí se conocían y respetaban. “¿Qué le ocurre, señora Gacel?”, preguntó mamá elefante. “Pues que estoy harta de los avestruces. ¡Harta! Todo el día perdiendo plumas. Manchan el suelo y no puedo comer a gusto las pocas hierbas que nos ofrece esta tierra. Cada otoño lo mismo, mudan las plumas manchándolo todo”, refunfuñó la gacela muy disgustada al tiempo que escupía una plumita negra. “¿Dónde viven esas avestruces?”, interrogó mamá elefante con un plan en la cabeza. “Al otro lado de la loma, justo donde da menos el sol y brotan más tallos”. “¡Vamos, lléveme hasta allí! ¡Tengo una idea!”, sentenció la mamá de Moomak con un buen presentimiento atrapado en su pecho. 

Al llegar al lugar pudo ver miles de plumas rodando por el suelo al antojo de la brisa. Aquello parecía una nube caída del cielo. El enfado de doña Gacel resultaba comprensible. Ninguna gacela podía comer tranquila sin atragantarse con alguna pluma. Mamá elefante cogió aire por su trompa y empezó a soplar y a soplar hasta crear una enorme montículo de plumas. Sopló y sopló como si el suelo fuera una flor y las plumas polen. Sopló y sopló hasta que la hierba verde empezó a verse. Cuando terminó su labor, se volvió hacia doña Gacel y propuso: “tú y los tuyos llevad estas plumas al monte de los monos. Si me hacéis este favor siempre podréis llamarme para que os limpie vuestro suelo. Lo prometo”. “¡Dalo por hecho, mamá elefante! Gracias a ti”, fue la respuesta de la señora gacela antes de toser y echar por la boca un par de plumitas. Se despidieron con amable educación.

Casi llegando a casa mamá elefante se encontró con una reunión de hormigas sobre una enorme piedra. Debatían en asamblea (a las hormigas les gusta mucho la política) la posibilidad de abandonar su actual hogar y crear un nuevo hormiguero. La madre de Moomak se detuvo a escuchar las intervenciones de las distintas hormigas. Le hacía gracia ver lo grandes que se creían animalitos tan pequeños. “Hay que cambiar para mejorar”, aseguraba una hormiga. “¿Por qué irnos si estamos bien?”, desafiaba otra. “Empecemos de nuevo en un nuevo lugar”, “envejezcamos felices en este viejo sitio”, “hay que cambiar de reina”, “¡eso jamás!”. Cuando se cansó de escucharlas mamá elefante dijo en voz muy alta: “Necesito, por favor, una bola de ámbar de acacia. Si me la conseguís, queridas hormigas os ayudaré con vuestro mayor problema”. “Nosotras no tenemos problemas y tú no tienes ningún derecho a meterte en nuestros asuntos”, protestó una de ellas chillando con todas sus fuerzas. Mamá elefante rio y golpeó el suelo con energía haciendo que las hormigas volaran por unos instantes. “Haced lo que os digo y hablaré con mis hermanos para que, a partir de hoy, miremos al suelo con cuidado cuando caminamos y no os machaquemos”. El grupo de hormigas permaneció en silencio por primera vez. “¿Cuántas de vosotras mueren aplastadas en un día? Eso sí es un problema de verdad y no este o aquel hogar subterráneo donde nada malo os ocurre. Dejad de miraros el negro ombligo y pensad en el mundo. No sabéis apreciar los verdaderos peligros. Yo puedo ayudaros, os doy mi palabra de honor. Si los elefantes camináramos con más atención miles de hormigas conservarían su vida. Quiero una bola de ámbar de acacia mañana por la mañana en el monte de los monos. No tengo nada más que deciros. Adiós”, concluyó mamá elefante y marchó hacia su casa dejando atrás a una asamblea de insectos completamente sorprendida. ¡Qué soberbios e insignificantes le parecían aquellos bichos!¡Un animal que hablaba constantemente de libertad pero que se pasaba toda la vida en una fila!

 Dedicó mamá elefante el resto del día a jugar y bromear con su hijo. Al llegar el crepúsculo el pequeño Moomak le volvió a repetir su deseo de tener un par de zapatos. Ella le susurró, al darle el beso de buenas noches, que su cumpleaños era pasado mañana y que tendría su regalo sin falta. Un poco más tarde mamá elefante se tomó una copa de vino con papá y durmió como un tronco con su trompa enlazada a la de su marido, roncando como sólo roncan los elefantes.

Cuando a la mañana siguiente mamá elefante llegó al monte de los monos se encontró a Mesabúa trabajando desde hacía rato en la fabricación de los zapatitos para Moomak. “Don Rino, la señora Gacel y las hormigas me despertaron al alba. Traían los materiales necesarios. Recuérdame, querida amiga, que con la colaboración de los demás las cosas son siempre más sencillas. En un rato tendré listos unos preciosos zapatos de corteza de baobab recubiertos de plumas de avestruz pegadas con ámbar. Usaré un par de lianas como cordones. Le van a encantar a tu hijo. Recuérdame que esto de los zapatos es una buena idea. A lo mejor me dedico a inventar más ropa. Si te digo la verdad, a veces paso frío. Recuérdame también que aprenda a escribir para que no se me olvide lo que te tengo que pedir que me recuerdes”.

En fin, un día después la fiesta de cumpleaños resultó todo un éxito. Los invitados rieron y jugaron hasta que les dolió la barriga. Hubo música y confetis, merienda y bebidas. Hasta las luciérnagas realizaron un espectáculo de fuegos artificiales. Karlok se sintió más joven entre las risas de los niños, don Rino presumió de cuerno ante las hermosas jirafas, la señora Gacel bailó de maravilla provocando la admiración de los leones, Mesabúa triunfó con unos trucos de magia y las hormigas recolectaron comida para todo un año con las sobras del banquete. Cuando llegó el tiempo de abrir los regalos y Moomak descubrió sus zapatitos no pudo contener la alegría y lloró de felicidad. Tanta fue su emoción que los animales no olvidaron nunca aquel extraño regalo, aquella felicidad tan grande. Por eso, voy a contarte un secreto: si viajas por África y escuchas en mitad de la sabana la palabra Moomak tienes que saber que te están diciendo: ZAPATOS.